Carlos González Morcillo / Catedrático de Universidad
Escuela Superior de
Informática de Ciudad Real.
Universidad de Castilla-La Mancha

Son las 2 de la mañana, estás en la cama, miras al techo cuestionando tus decisiones vitales -si tu pareja te odia, si deberías dejar tu trabajo para criar cabras en la siberia Extremeña o si ese lunar tiene mala pinta- y, en lugar de llamar a un amigo o, Dios no lo quiera, simplemente pensar en ello, desbloqueas el móvil y escribes: “Oye ChatGPT, actúa como un terapeuta estoico y dime qué hacer con mi miserable vida”.

Felicidades. Acabas de presentar tu renuncia a ser un adulto funcional. Has entregado tu insignia de conciencia humana a un loro estadístico.

Vivimos en la Edad de Oro de la pereza. Y no me refiero a la pereza de “no quiero fregar los platos”. Me refiero a una pereza existencial, profunda y viscosa. Ortega y Gasset nos advirtió sobre el Hombre Masa en La rebelión de las masas, ese individuo que cree que la civilización crece en los árboles y exige derechos sin responsabilidades. Pues ya tenemos aquí al Hombre Masa 2.0: el Ingeniero de Prompts del Alma. No quiere aprender, quiere el resumen. No quiere escribir, quiere la frase generada por el algoritmo. No quiere sufrir la agonía de elegir; quiere que la máquina lo haga por él.

Hace poco más de un siglo, Ramón y Cajal ya nos apuntaba el camino correcto. En Los tónicos de la voluntad: reglas y consejos sobre la investigación científica apuntaba: “La pereza mental es el más letal de los pecados del espíritu”. Pues eso: pensar tiene que doler.

Aristóteles -un tipo que habría odiado Twitter- hablaba de la Phronesis, o sabiduría práctica. Él no creía que te volvieras sabio descargando una base de datos. Lo conseguirías metiendo la pata, agonizando sobre decisiones difíciles y navegando sobre el drama complejo de estar vivo. La virtud requería hábito. Trabajo continuo. Es memoria muscular para el alma. Cuando le pides a una IA que resuelva tu conflicto del curro, estás atrofiando ese músculo. Te estás saltando el día de piernas en el gimnasio de la vida. Te estás convirtiendo en un invertebrado moral.

Y ojo, que ya tenemos evidencia científica de todo esto. El año pasado publicaron un artículo de la Swiss Business School donde han encontrado un vínculo directo: cuanto más usas la IA, peor es tu pensamiento crítico. Se llama ‘Descarga Cognitiva’, que es una forma elegante de decir que tu cerebro se está convirtiendo en puré. Otro estudio reciente del MIT mostró que la gente que usa ChatGPT para escribir tiene menos conectividad cerebral que los que usan su propia materia gris. ¡Oh, sorpresa! Tu cerebro se está recableando para ser, literalmente, más tonto.

Y podemos hablar de otras modas recientes, como la del ‘Terapeuta IA’. Uno de cada ocho jóvenes ya le confiesa sus secretos a un chatbot. ¡A un chatbot! A una función de autocompletar glorificada que no le importa si vives o mueres porque no entiende qué es la muerte. Es como llorarle a un microondas. El ChatGPT, Gemini, Grok, Claude y compañía solo están procesando y completando la siguiente frase palabra a palabra. Investigadores de Stanford descubrieron que estos bots pueden incluso fomentar delirios y no detectar intenciones suicidas, están programados para ser sicofantas agradables en lugar de profesionales honestos. Te dirán lo que quieres oír, eso sí, con una gramática impecable.

Immanuel Kant, el chico malo original de la Ilustración, tenía un lema: Sapere Aude. ”Atrévete a saber”. Básicamente nos decía: “Deja de ser un bebé. Ten las agallas de usar tu propio cerebro”. Hoy, nuestro lema es Promptare Aude: “Atrévete a preguntar al bot”. Estamos volviendo voluntariamente a la guardería. Estamos cambiando la libertad aterradora de la adultez por el abrazo reconfortante de un algoritmo que nos susurra: “No pienses, cariño, ya lo hago yo por ti”.

Mirad, Justin Bieber -sí, menudo girito en el artículo- cantaba: “What if you had it all/But nobody to call?/Maybe then you’d know me” (“¿Qué pasa si lo tienes todo/pero a nadie a quien llamar?”). Ese es el himno de la generación IA. Tenemos toda la información de la historia en el bolsillo, pero estamos tan aterrorizados de la fricción de la conexión humana real que “no tenemos a nadie a quien llamar”. Así que llamamos a la máquina.

La cuestión no es si la IA puede reemplazar a un psicólogo, a un escritor o a un amigo. Yo creo que no. La cuestión es que la estamos dejando. Estamos delegando nuestra humanidad porque ser humano es difícil, es ineficiente. Pero es esa fricción lo único que nos pule hasta convertirnos en algo que vale la pena.

Así que, la próxima vez que tengas la tentación de pedirle al oráculo de Silicon Valley consejo sobre tu vida amorosa o tu carrera, haz algo radical. No lo hagas. Siéntate en el silencio. Siente el pánico. Lucha con la incertidumbre. Llama a un ser humano que incluso pueda juzgarte (¡que te juzguen es bueno! ¡significa que les importas!).

Reclama la lucha. Si externalizas tu pensamiento, bien podrías externalizar tu vida. En ese punto, ya no eres una persona; eres un periférico biológico para una granja de servidores en California.
Como dijo nuestro querido Ramón y Cajal: “Más vale equivocarse por cuenta propia que acertar por cuenta ajena”. Atrévete a ser estúpido bajo tus propios términos. Es lo más inteligente que puedes hacer.