
Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte
El 2 de abril de 1602 nacía una niña en la pequeña localidad soriana de Ágreda y nada hacía presagiar que este acontecimiento acabaría teniendo una notable relevancia en la España del siglo XVII. Esta niña, que recibiría el nombre de María, pertenecía a una familia de la baja nobleza castellana. Sus progenitores, Francisco Coronel y Catalina de Arana, tenían unas profundas convicciones católicas que transmitieron a sus hijos, hasta el punto de que toda la familia acabaría ingresando en conventos.
Desde muy pequeña María mostró unas notables capacidades intelectuales y una intensa espiritualidad, que le llevaría a someterse por propia voluntad a exigentes penitencias como prolongados ayunos que acabarían por afectar a su salud. Cuando tenía doce años consideró que había llegado el momento de encauzar su vocación religiosa solicitando el ingreso en el convento de la Carmelitas Descalzas de Tarazona, pero finalmente desistió cuando su madre, siguiendo las instrucciones que, según ella, había recibido en una revelación, decidió convertir la casa familiar en un convento de franciscanas concepcionistas, orden religiosa que se caracterizaba por la vida contemplativa y la devoción a la Virgen María. Tras realizar las necesarias obras de adaptación y superar ciertas dificultades y contratiempos, en 1618 se ponía en marcha en Ágreda el nuevo convento de la Orden de la Inmaculada Concepción, donde María tomó el hábito de monja junto a su madre Catalina y a su hermana Jerónima.
A partir de ese momento nuestra protagonista adoptó el nombre de sor María de Jesús y su vida de clausura le permitió intensificar su fervor religioso, dedicando muchas horas a la lectura y a la oración, descuidando el descanso y la alimentación, lo que le ocasionaría frecuentes enfermedades, aunque esta estricta disciplina espiritual también podría explicar ciertas experiencias místicas que, en ocasiones, según testimonio de otras monjas, le llevarían al éxtasis, a la levitación e, incluso, a la bilocación. Este último fenómeno resultó especialmente llamativo, ya que se habría visto a María de Jesús evangelizar a poblaciones indígenas de los actuales territorios de Texas y Nuevo México, a pesar de no haber abandonado nunca la clausura del convento de Ágreda. Los indios jumanos confirmaron a los misioneros franciscanos que habían sido convertidos al catolicismo por una joven mujer que vestía de azul. Este testimonio llevó a los franciscanos a abrir una investigación que culminó en 1630 cuando el general de los franciscanos junto con otros representantes de la orden viajó a Ágreda para entrevistarse con María de Jesús, la cual reconoció que los fenómenos de bilocación empezaron en 1620 y ofreció detalles y datos tan concretos de las tribus americanas y del territorio en el que vivían, que convenció a los franciscanos de la certeza de su relato, por lo cual empezó a ser conocida como la venerable “Dama Azul”.

Izq.: Convento de la Concepción, en Ágreda, que fue casa de los Coronel. Centro: La fama de la venerable sor María de Jesús llegó a oídos del monarca Felipe IV, que quiso conocerla personalmente. Dcha.: Estatua yacente (arriba) y cuerpo incorrupto (debajo) de Sor María de Jesús de Ágreda, en la iglesia del Convento de las Concepcionistas de Ágreda.
Muy pronto los fenómenos místicos de María de Jesús empezaron a ser muy conocidos, llegando a alcanzar una notable fama y siendo considerada santa en muchos lugares de España, pero estos extraños sucesos de éxtasis, visiones y bilocaciones también llamaron la atención de la Inquisición, que abrió una investigación en 1635, ante el temor de que pudiesen tratarse de engaños místicos tras los que se escondiesen desviaciones de la doctrina católica. No obstante, tras un proceso desarrollado en la audiencia de Logroño el Tribunal del Santo Oficio cerró el caso al no encontrar claras pruebas de heterodoxia.
La fama de la venerable sor María de Jesús llegó a oídos del monarca Felipe IV, que quiso conocerla personalmente. En 1643 decidió visitarla en su convento de Ágreda y el rey quedó tan impresionado por la inteligencia, carisma y sabiduría de la monja que decidió nombrarla consejera personal. A partir de ese momento y hasta el fallecimiento de María de Jesús en 1665 se estableció una intensa relación epistolar entre ambos, dando lugar a unas 600 cartas, que suponen una documentación de primer nivel para conocer el contexto histórico del reinado de Felipe IV, monarca que expresará con plena sinceridad a la monja de Ágreda sus dudas, temores y preocupaciones. Las misivas de sor María de Jesús al rey están repletas de acertadas reflexiones y de sabios consejos sobre diversas cuestiones como la administración de finanzas, estrategias militares, relaciones diplomáticas o intrigas cortesanas, que ponen de manifiesto su agudo intelecto y el sorprendente y profundo conocimiento que tenía de la situación social, política y económica de España una mujer que vivía en la estricta clausura de un convento desde 1618.
Sor María de Jesús también destacó por su labor como escritora, con obras de carácter ascético y místico entre las que sobresale “Mística Ciudad de Dios”, que sería publicada en 1670, cinco años después de su muerte. La originalidad de algunos planteamientos recogidos en esta obra hizo que la Inquisición viera en ella cierto peligro de heterodoxia, por lo que fue temporalmente prohibida, aunque tras las presiones de la monarquía española se logró retirar del catálogo de libros prohibidos. En 1673 se inició el proceso para su beatificación. Aunque las virtudes de sor María de Jesús apuntaban a un rápido reconocimiento por la Iglesia, las dudas que generaron en la Inquisición algunos de sus escritos y sus extraños sucesos místicos influyeron en que su causa de beatificación permaneciera cerrada durante siglos, si bien este proceso se ha reabierto en fechas recientes.




