Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales RuedasDoctor en Historia y                                     Graduada en Historia del Arte

Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada nació en 1515 en el seno de una familia acomodada de origen judeoconverso. Su padre, Alonso, era un gran amante de la lectura y esta pasión se la transmitió a Teresa, quien, desde muy pequeña, adquirió el hábito de la lectura y gracias a ello pudo disfrutar de todo tipo de libros, aunque parece que los que más le atraían eran los de caballerías y los que narraban vidas de santos. De este modo, pudo ir forjando una compleja personalidad en la que destacará su curiosidad, su espíritu intrépido y su profunda religiosidad, a la que contribuyó especialmente su madre, Beatriz.

El espíritu aventurero que encontró en los libros de caballerías y la admiración por los mártires, que derivó de sus lecturas religiosas, pudieron influir en una escapada que protagonizó siendo aún una niña junto a su hermano Rodrigo, con la intención de ir “a tierra de moros” para ser martirizados, aunque esta pueril aventura acabó muy pronto y culminó con una dura reprimenda por parte de sus padres. Cuando contaba con tan solo trece años murió su madre. Esta terrible pérdida le afectó profundamente y para mitigar su dolor se refugió en la oración, lo cual llevaría a su padre a solicitar su ingreso en el convento de Santa María de Gracia en Ávila, aunque todavía Teresa no tenía clara su vocación monástica. Durante este período de dudas padeció una grave enfermedad, que, en ocasiones, le llegó a provocar intensas convulsiones y que le dejaría secuelas para el resto de su vida, pero que le ayudó a confirmar su vocación religiosa hasta el punto de decidir su ingreso en el convento de la Encarnación de Ávila en 1533.

A pesar de iniciar esta nueva vida monástica, durante unos veinte años no logró asentar una profunda espiritualidad al sentirse atraída por cuestiones mundanas que la distraían de la oración. Pero todo empezará a cambiar de forma considerable cuando a partir de 1556 comenzará a sentirse agraciada por dones espirituales que le llevarán, según su propio testimonio, a escuchar palabras sobrenaturales, tener visiones místicas y alcanzar un especial estado de éxtasis, que de forma tan extraordinaria sería representado por el escultor Bernini. Estas profundas vivencias espirituales, que algunos contemporáneos llegaron a considerar como “expresiones demoníacas”, le harán sentir que debía afrontar un mayor compromiso religioso, el cual se expresará con mayor fuerza a partir de 1560 cuando fue tomando forma su pretensión fundadora, que cristalizará con su misión de reformar la Orden del Carmen, retornando a sus principios primitivos en los que serán fundamentales la oración y el ayuno, además de renunciar a todo tipo de propiedades.

Izq.: Éxtasis de Santa Teresa, de Gian Lorenzo Bernini. Centro: Convento de Carmelitas Descalzas de san José de Malagón, fundado por Santa Teresa de Jesús el 11 de abril de 1568 de forma provisional en las “Casas de la Quintería”, construyéndose el edificio entre 1576 y 1579. Dcha.: Convento de la Anunciación, Alba de Tormes, localidad en la que falleció la santa.

Tras dos años en los que tuvo que afrontar intensos debates para explicar su intención de recuperar la esencia del primer cristianismo y de lograr la creación de conventos femeninos que no dependieran de una directa autoridad masculina y en los que se superasen los prejuicios de la “limpieza de sangre”, obtuvo la bula de Pío IV que le permitiría abrir en agosto de 1562 su primera fundación: el convento de San José en Ávila. Durante cuatro años el modo de vida religiosa instaurado en este monasterio fue inspeccionado con rigor, pero la austeridad y la profunda espiritualidad, que caracterizaban a Teresa y a las monjas que la acompañaban, posibilitaron que en abril de 1567 se autorizase a Teresa a fundar nuevos conventos. De este modo, entre 1567 y 1571 se fundarán conventos de carmelitas descalzas en siete ciudades castellanas como Malagón o Toledo. Posteriormente, entre 1575 y 1582 fundaría otros ocho conventos en diversas ciudades de Castilla, Andalucía y Murcia, para lo cual tuvo que recorrer enormes distancias y superar complejas dificultades, que afrontó con buen ánimo y espíritu decidido, aunque los problemas afectarían a su quebradiza salud.

De forma paralela a su intensa actividad fundadora, Teresa desarrolló una fructífera labor literaria, que se manifestó en la redacción de diversas obras místicas de carácter didáctico, como “Camino de Perfección” o “Castillo Interior”, donde pudo expresar sus sentimientos religiosos. Aunque siempre se mantuvo dentro de la ortodoxia católica, sus palabras y sus escritos abogaban por afrontar una reforma de la Iglesia desde dentro, por lo que estuvieron siempre bajo la atenta inspección de la Inquisición, de hecho, una de sus obras más conocidas, “El libro de la vida”, llegó a ser denunciada en 1574 ante el Santo Oficio, si bien finalmente no se encontraron motivos que justificasen su prohibición.

Cuando en octubre de 1582 falleció Teresa en Alba de Tormes muchos de los que la conocieron no dudaban de su especial relevancia dentro de la Iglesia Católica. De hecho, cuando al reabrir su ataúd en 1586 se pudo apreciar que su cuerpo, a pesar de que no había sido embalsamado, estaba incorrupto y desprendía un agradable olor, muchos lo consideraron como un milagro que probaba su santidad. Por ello no resulta sorprendente que en 1614 fuese beatificada y canonizada en 1622. En septiembre de 1970 Pablo VI la nombró Doctora de la Iglesia Católica, siendo la primera mujer en alcanzar este reconocimiento.