Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Entre 1580 y 1640 Portugal formó parte de la Monarquía Hispánica. Durante esas seis décadas se intensificaron las relaciones entre España y Portugal y es en este contexto donde podemos enmarcar la llegada a Sevilla hacia 1626 de Baltazar Gomes Figueira, miembro de una familia acomodada de la localidad portuguesa de Óbidos, que decidió trasladarse a tierras sevillanas con el fin de iniciar una carrera militar, aunque finalmente las circunstancias le llevarían a dejar a un lado su vocación por la milicia para dedicarse a la producción artística. Es muy probable que en este cambio de orientación vital influyese Catalina de Ayala y Camacho, cuya familia pertenecía a la nobleza sevillana y con la que Baltazar inició una relación poco después de llegar a Sevilla. En 1629 contraerían matrimonio Catalina y Baltazar, naciendo en 1630 su hija Josefa, que sería la primera de los siete hijos que tuvieron, de los cuales, tres murieron con muy corta edad.

En la primera mitad del siglo XVII Sevilla era un núcleo económico muy dinámico, lo que contribuyó al desarrollo de una activa vida cultural, que llegaría a convertir a esta ciudad en uno de los principales referentes del barroco artístico y literario de nuestro país. Las influencias y las relaciones sociales de la familia de Catalina favorecieron que Baltazar frecuentase ciertos círculos culturales y artísticos sevillanos, lo que le permitiría contactar y formarse en algunos talleres de pintura como el de Francisco Pacheco y el del afamado maestro Francisco Herrera “el Viejo”, que era amigo del padre de Catalina y que años antes también había contribuido a la formación artística del gran pintor Diego Velázquez. Baltazar logró superar en 1631 el examen para ingresar en el gremio de pintores y, de este modo, pudo empezar a ejercer como pintor. Aunque recibió diversos encargos, la situación de sus finanzas no tuvo que ser muy óptima, pues en 1633 llegó a ser encarcelado por deudas. Esta mala situación económica probablemente influyó en su decisión de regresar con su mujer y una de sus hijas a Portugal en 1634, pero Josefa permanecería en Sevilla bajo el cuidado y la protección de Francisco Herrera, que había sido su padrino de bautismo y que probablemente había captado las dotes innatas que esa niña de tan solo cuatro años poseía para la pintura.

De este modo, Josefa con la ayuda de su padrino conoció de primera mano el dinámico ambiente cultural sevillano y pudo prolongar su formación artística hasta 1644 cuando viajó a Óbidos para volver a vivir junto a sus padres. Dos años después decidió ingresar en el convento de Santa Ana de Coimbra, donde permaneció hasta 1653, pero su intención no era profesar como monja, sino ampliar y profundizar su formación cultural. En el tiempo en el que permaneció en el convento pudo acceder a la lectura de muchas obras, especialmente de carácter religioso, entre las que destacarán diversos textos de Teresa de Ávila, cuya vida, pensamiento y misticismo influyeron notablemente en la concepción artística de Josefa. Durante su etapa conventual también siguió desarrollando sus dotes creativas, de hecho llegó a recibir algún encargo, como unos grabados para los nuevos estatutos de la Universidad de Coimbra.

Izq.: Retrato que realizó a Isabel Luisa Josefa de Braganza, princesa de Portugal. Centro: Naturaleza muerta con flores, dulces y cerezas, fechada en 1676, que se encuentra en el Museo municipal de Santarém. Dcha.: Vista de Sevilla en un dibujo que la muestra tal y como sería en el siglo XVII. 

Al dar por finalizada su vida en el convento Josefa tenía muy claro que quería ser independiente y vivir de su actividad artística, por ello, aunque en un primer momento colaboró en el taller pictórico de su padre, pronto empezó a trabajar de forma autónoma y para ello fue muy importante que hacia 1630 lograra que su padre firmara un documento en el que la declaraba “mujer emancipada”, una figura jurídica poco habitual pero que permitía a Josefa firmar contratos y gestionar su economía y sus negocios sin depender de un varón. A partir de ese momento se incrementaron de forma considerable los encargos que distintas instituciones eclesiásticas y casas nobiliarias portuguesas solicitaron a Josefa, que, de este modo, pudo expresar su personal interpretación artística de la religiosidad impulsada por la Contrarreforma, apostando por una visión más íntima y menos vehemente, como se puede apreciar en cuadros de diversas temáticas religiosas como la Anunciación, la Natividad, María Magdalena, Santa Teresa de Jesús, el Cordero Pascual, el Niño Jesús…

Además de por el género religioso, Josefa también destacó por su aportación en otros dos géneros. Por un lado en el retrato, representando a notables representantes de la nobleza, destacando el retrato que realizó a Isabel Luisa Josefa de Braganza, princesa de Portugal. El otro género en el que demostró una especial capacidad creativa fue el de los bodegones y las naturalezas muertas, donde se percibe la influencia de su etapa de aprendizaje sevillana, pero incorporando influjos de otras escuelas pictóricas europeas, lo que demuestra su preocupación por mantenerse actualizada en las tendencias artísticas de su época. La pintora hispano-lusa Josefa de Ayala y Figueira, más conocida como Josefa de Óbidos, murió en 1684, dejando una notable fortuna a las dos sobrinas con las que convivió durante sus últimos años y un importante legado artístico que nos permite considerarla como uno de los principales representantes de la pintura barroca portuguesa.

Imagen superior: Josefa de Óbidos pudo expresar su personal interpretación artística de la religiosidad impulsada por la Contrarreforma como se muestra en el cuadro “Leyendo la mano a Cristo niño”, obra que se encuentra en el Instituto de Artes de Detroit