Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

La Ilustración, corriente filosófica desarrollada en el siglo XVIII, apostó de forma decidida por mejorar la formación de los seres humanos para que la luz de la razón, de la cultura y de la ciencia contribuyera a promover el progreso humano y a combatir la ignorancia de un mundo dominado por las tinieblas de la irracionalidad y la superstición. En esta labor fue fundamental la aportación de autores como Voltaire, Rousseau y Montesquieu, que con sus escritos crearon el ambiente propicio para empezar a destruir las bases del Antiguo Régimen. La difusión de las ideas ilustradas por Europa y América se vio favorecida por la prensa y por el desarrollo de tertulias y entidades que adoptaron el ideario reformista ilustrado.

Aunque en nuestro país la Ilustración no alcanzó el protagonismo que llegó a adquirir en otros países como Francia, los aires de renovación que inspiraba esta corriente de pensamiento fueron apoyados por un notable colectivo de personas, entre las que también podemos encontrar destacadas mujeres como Josefa Amar y Borbón, nacida en Zaragoza en 1749 en el seno de una familia acomodada. Su padre, José Amar, era catedrático de Anatomía y su madre era Ignacia de Borbón, quien también pertenecía a una familia muy vinculada con la medicina. En 1754 Josefa se traslada junto a su familia a Madrid al ser nombrado su padre médico de cámara del rey Fernando VI, cargo en el que sería ratificado por su sucesor Carlos III. En la capital del reino nuestra protagonista pudo acceder a una privilegiada formación, pues su entorno familiar otorgaba mucha importancia a la educación y, aunque sus padres priorizaban la formación de sus hermanos varones, le permitían asistir a muchas de las clases que recibían. En la educación de Josefa tuvieron un especial protagonismo dos personas: Rafael Casalbón y Antonio Berdejo, quienes le ofrecieron una sólida formación en lenguas, tanto clásicas como modernas, y en otros campos como la filosofía y la historia, conocimientos que fueron de gran utilidad para desarrollar su labor como traductora y para acceder a la lectura de obras de muy diversos autores en las que pudo encontrar sólidos argumentos para su defensa de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Izq.: Imagen perteneciente a uno de los sitios de Zaragoza, en 1808, en el cual Josefa Amar participó atendiendo a los heridos. Centro: Página de presentación de una de sus obras impresas dedicadas a la defensa de la mujer. Dcha.: Retrato del rey Fernando VI el cual nombró al padre de Josefa, José Amar, su médico de cámara.

Cuando contaba con 23 años contrajo matrimonio con Joaquín Fuertes, un abogado bastante mayor que ella, que logró un puesto en la Audiencia de Zaragoza, lo cual obligó a Josefa a abandonar Madrid para trasladarse a su ciudad natal junto a su esposo, quien le animó a continuar con sus inquietudes intelectuales, las cuales pronto se plasmarían públicamente con la redacción de interesantes trabajos como la traducción del “Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones preocupadas de algunos escritores italianos”, que presentó en la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. La calidad de este trabajo en el que se defendía la cultura española fue tan evidente que en 1782 Josefa fue invitada a formar parte como socia de esta Real Sociedad, convirtiéndose, de este modo, en la primera mujer en España que era admitida en una entidad de estas características, que tenían como finalidad propiciar la modernización del país a la luz de las ideas ilustradas.

El hecho de formar parte de esta institución propició que siguiera realizando interesantes contribuciones para mejorar la realidad, social, política, económica y cultural de los españoles, resultando especialmente relevantes sus alegatos en defensa de las mujeres, como el ensayo “Importancia de la instrucción que conviene dar a las mujeres”, publicado en 1784 y en el que defiende las capacidades intelectuales de las mujeres, las cuales precisan ser enriquecidas con una adecuada educación que les permita alcanzar una activa participación social y política, planteamiento en el que profundizará en el discurso “Defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno y otros cargos en que se emplean los hombres”, que pronunció en 1786 en la Real Sociedad Económica Matritense, el cual contribuyó a remover muchas conciencias y replantear ciertos prejuicios, favoreciendo que al año siguiente se crease en el seno de la Real Sociedad Económica Matritense una Junta de Damas en la que fue aceptada como socia.

Josefa defendía una visión global de la formación que debían recibir las mujeres, que englobase aspectos muy variados y, en este sentido, hay que destacar su “Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres”, redactado en 1790 y en el que propugna que la formación también debe orientarse a mejorar la salud y asegurar un buen estado físico y emocional de las mujeres. La repercusión de este ensayo hizo que fuese nombrada socia de la Real Sociedad Médica de Barcelona. Josefa mantuvo su compromiso en la lucha por la igualdad de las mujeres hasta el final de sus días, pero a partir de 1798, tras la muerte de su marido, centró su actividad en la ayuda a los más necesitados a través de diversas obras benéficas. Durante el asedio de las tropas napoleónicas a Zaragoza en 1808 colaboró en la atención de enfermos y heridos, apoyó económicamente a la resistencia española y desarrolló labores de espionaje en favor de militares como el general Palafox. Decepcionada por la política reaccionaria que implantó Fernando VII tras su regreso a España en 1814, Josefa decidió abandonar la vida pública hasta su muerte en 1833.